Colombia 2026: el espejismo del “todo o nada”
Columna de Opinión, por Clara Robayo
En Colombia nos estamos acostumbrando peligrosamente a una idea: que el país solo puede avanzar si uno de los extremos derrota completamente al otro. De cara a las elecciones de mayo de 2026, esa lógica no solo domina el debate público, sino que también está moldeando el comportamiento de los votantes.
Hoy, más que candidatos, lo que realmente compiten son dos visiones de país asociadas directa o indirectamente a Gustavo Petro y Álvaro Uribe. Sus figuras, aún sin estar en la papeleta, actúan como polos de atracción que simplifican la elección en una dicotomía emocional: continuidad o rechazo.
El problema no es la existencia de diferencias ideológicas, eso es natural en democracia, sino la reducción del debate a una lógica binaria que elimina los matices.
En ese escenario, candidatos como Iván Cepeda o Paloma Valencia dejan de ser evaluados por sus propuestas y pasan a ser símbolos de bandos enfrentados.
Más preocupante aún es el debilitamiento del centro político. Figuras como Sergio Fajardo o Claudia López, que en otros momentos representaban una alternativa moderada, hoy parecen atrapadas entre la irrelevancia electoral y la presión del llamado “voto útil”.
El mensaje implícito es claro: matices no, definiciones sí. Pero este “todo o nada” es, en realidad, un espejismo peligroso. Gobernar Colombia exige acuerdos, no victorias absolutas. Ningún presidente ni de izquierda ni de derecha podrá implementar su agenda sin negociar con un Congreso fragmentado, con regiones diversas y con una sociedad profundamente desigual.
Además, la polarización tiene un costo concreto: empobrece el debate público. En lugar de discutir cómo enfrentar la desigualdad, cómo reactivar la economía o cómo garantizar la seguridad, terminamos atrapados en discusiones identitarias donde lo importante no es tener razón, sino derrotar al otro.
La historia reciente de Colombia muestra que los proyectos políticos que se presentan como salvadores suelen terminar enfrentando los mismos límites estructurales. La frustración que sigue a esas promesas incumplidas solo alimenta más polarización, en un ciclo que parece no tener fin.
Estas elecciones, entonces, no solo definirán un presidente. También pondrán a prueba la madurez política del país. La pregunta de fondo no es quién gana, sino si Colombia es capaz de salir de la lógica del enemigo interno y volver a construir un espacio mínimo de conversación democrática.
Porque si algo debería preocuparnos más que quién gobierne, es la posibilidad de que, gane quien gane, el país siga dividido de una manera cada vez más difícil de reconciliar.