Simón Bolívar, ¿Libertador o instrumento funcional británico?

Simón Bolivar
Simón Bolivar

La figura de Simón Bolívar ocupa un lugar casi sagrado en la historiografía política latinoamericana, se le presenta como libertador, visionario y arquitecto de la llamada Patria Grande; sin embargo, cuando se abandona la narrativa escolar y se examina el proceso independentista desde la geopolítica y la economía política, emerge una pregunta incómoda pero necesaria, si la independencia liderada por Bolívar fortaleció realmente la soberanía americana o si, por el contrario, facilitó el ascenso de una nueva potencia hegemónica.

Para entender el dilema es imprescindible situar el contexto internacional, a comienzos del siglo XIX el Imperio español colapsaba bajo una crisis estructural agravada por la ocupación napoleónica, mientras Gran Bretaña consolidaba su condición de primera potencia industrial y financiera global; como advierte Eric Hobsbawm, el ciclo de las independencias latinoamericanas es inseparable de la expansión del capitalismo industrial británico, un sistema que no buscaba colonias territoriales, sino mercados abiertos y Estados dependientes de su capacidad manufacturera.

España operaba bajo un sistema mercantilista de monopolio que restringía severamente el comercio, para Londres la fragmentación de ese imperio resultaba más rentable que su preservación; no era necesario gobernar territorios cuando bastaba con abrir puertos, liberalizar aduanas y someter a las nuevas repúblicas al ciclo del crédito externo, de este modo la independencia no representó una amenaza para Gran Bretaña, sino la mayor oportunidad de expansión comercial de su siglo.

Bolívar no fue un agente británico en sentido conspirativo, pero su proyecto resultó funcional a esta realidad histórica; sus campañas dependieron del financiamiento externo, de la mediación diplomática londinense y del suministro de material bélico, la participación de la Legión Británica está documentada, aunque más decisivo fue el respaldo financiero de casas bancarias inglesas, como subraya John Lynch al señalar que sin ese apoyo indirecto la viabilidad logística de la independencia habría sido prácticamente imposible, condicionando el nacimiento de las nuevas repúblicas a una deuda externa fundacional.

El problema estructural se manifestó en el resultado geopolítico, la disolución de la Gran Colombia; Bolívar aspiraba a un bloque continental capaz de equilibrar el poder externo, sin embargo las tensiones regionales y la resistencia de las oligarquías locales, frecuentemente alineadas con intereses comerciales extranjeros, condujeron a la fragmentación, en palabras de Germán Carrera Damas el culto posterior a Bolívar operó como un mecanismo ideológico destinado a ocultar los fracasos del proyecto republicano temprano y a desplazar el análisis sobre los límites reales de esa libertad conquistada.

Desde la óptica económica la independencia no produjo autonomía, sino lo que Tulio Halperín Donghi define como el tránsito de una herencia colonial a un pacto neocolonial; las nuevas repúblicas heredaron deudas asfixiantes y estructuras productivas primarias, convirtiéndose en exportadoras de materias primas e importadoras de manufacturas inglesas, un patrón que Raúl Prebisch conceptualizaría más tarde como inserción periférica estructural, donde la soberanía política funcionaba apenas como decorado de una subordinación económica persistente.

La paradoja resulta evidente, España perdió un imperio, pero América no ganó poder; el vacío fue ocupado por una hegemonía menos visible, más eficiente y sofisticada, Bolívar desarticuló un orden caduco, pero dejó el terreno fértil para una dominación indirecta basada en el capital y no en la ocupación militar.

Fue entonces Bolívar un instrumento británico, lo fue en la medida en que su figura resultó funcional a una transición geopolítica que superaba sus propias intenciones; mientras Bolívar perseguía la libertad política, Gran Bretaña capturaba la lógica de los mercados y del comercio global.

El verdadero desafío no consiste en juzgar moralmente al Libertador, sino en desmontar el mito que impide aprender de la historia; la independencia confundió ruptura con emancipación y heroísmo con construcción estatal, mientras esa confusión persista América Latina seguirá celebrando gestas del pasado, pero delegando sus decisiones estratégicas, su capital y su tecnología en los centros reales del poder global.


Referencias

  1. Hobsbawm, E. La era de la revolución 1789–1848. Crítica, 1998.

  2. Lynch, J. Simón Bolívar: A Life. Yale University Press, 2006.

  3. Carrera Damas, G. El culto a Bolívar. Universidad Central de Venezuela, 1969.

  4. Halperín Donghi, T. Historia contemporánea de América Latina. Alianza Editorial, 1969. (Referencia añadida para fortalecer la tesis del pacto neocolonial).

  5. Prebisch, R. El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas. CEPAL, 1950.